Por María Fe Alpízar Durán   Imagino a Zulay Soto caminando por la vida, en sus calles habitadas por infinidad de objetos, diferentes materias e imágenes que luego pintan su pensar y su sentir.   Ella camina mirando hacia el suelo, al lado o al frente, buscando el objeto-basura, el objeto que ella resignifica y deconstruye en sus diversos collages.   Cualquier “lata” pisada por cualquier transeúnte o por los autos, cualquier hierro retorcido, cualquier objeto que sirvió para un algo y que hoy está olvidado o tirado, Zulay Soto lo convierte en arte.   La pintura matérica se gesta dentro del informalismo, movimiento artístico posterior a la Segunda Guerra Mundial, el mismo se desarrolla al mismo tiempo en Europa y los Estados Unidos. La característica fundamental de las producciones informalistas radica en la valoración de las superficies y las cualidades de la materia, así como la peculiaridad de ser una producción ceñida al extremo con la ruptura de la forma, lo abstracto y lo gestual. Las diversas obras utilizan arena, aserrín, vidrio, telas, metales, yeso, entre otros tipos de materiales. Además, se considera que surgió en Francia, con la obra de Fautrier y Dubuffet. Francia, Italia y  España  son, los países en los que más se ha cultivado este  tipo de pintura.    En este mismo sentido el “objet trouvé” (ready made) se debe interpretar desde la poética que se crea a partir de la puesta en escena, desde su existencia independiente, dónde la artista actúa como la que transita por las calles, las playas, el bosque o la montaña, descubre los objetos, se los lleva a su taller o a su casa y aquí ese objeto empieza en convertirse en arte, sólo con el simple hecho de despojarlo de su contexto natural hace que su belleza resalte, su belleza se convierte en arte por si sólo. Por eso una rueda de bicicleta, un escurridor de botellas, un cristal de bismuto, una pieza didáctica como un sólido geométrico, una lata retorcida y hasta un maniquí, se convierten en esculturas.   Por lo tanto, el ojo de la artista juega un importante papel en la selección del objeto; la provocación que causa el objeto hace que hasta el más insignificante, se convierta en un aspecto formal a los que quizás no les prestamos atención regularmente. Los objetos cuando se aislan y se despojan de su contexto, adquieren un significado estético, antes de ser manipulados por la mano de su autora.   De esta forma Zulay Soto, deconstruye el objeto encontrado, lo resignifica, lo ajusta, lo manipula, lo ensambla, lo pinta, le da un nuevo significado plástico; además interviene sus lienzos o sustratos con otros materiales y pigmentos.   Sus bodegones se construyen a partir de latas retorcidas y/o aplastadas, que a través de su mano adquieren la forma sugerente de platos, botellas, tazas o cualquier otro utensilio.                                                                                                                             Sus paisajes se apropian de las formas geométricas para interpretar desde el sol hasta los ovnis, la aquitectura de los edificios o casas, de las estructuras de los barcos y chimeneas.   En esta exposición, podemos encontrar diversas piezas, que utilizan un sin fin de objetos encontrados, como bien, María Enriqueta Guardia mencionó hace unos años, que en Soto es posible reconocer nuevos significados y funciones a objetos. Cosas simples se convierten en parte de un mensaje que manifiesta la preocupación de la artista. Ella tiene “interés en los desechos, conciencia del entorno y deja claro que esos desechos son vestigios de nuestra sociedad”.   Zulay Soto incursiona al final de los años sesentas en el arte matérico, influenciada por Carlos Moya, quién regresó en estos años de España con técnicas muy avanzadas para la Costa Rica de esta época. Ella es pionera en este arte en Costa Rica y su trabajo es reconocido en la historia del arte costarricense y su aporte es incalculable.    Mujer matérica polifacética: escultora, pintora, maestra, gestora cultural y amante de la música, entre otros.

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